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¿Igualdad de oportunidades o igualdad real?

In Igualdad, Política on 01/07/2013 by ars²socialis

Ayer tuve un pequeño debate por email con una compañera del Movimiento por la Escuela Pública, Laica y Gratuita sobre el concepto de igualdad. Todo surgió alrededor de una referencia a la igualdad como uno de los valores fundamentales que garantiza la educación. Me planteo si no era mas correcto hablar de “igualdad de oportunidades” que de “igualdad” a secas y nada, yo que le llevaba dando vueltas a este tema un tiempo, le solte una soberana chapa.
Releyendo lo que le escribí (a veces argumentar y escribir fija como no hace ninguna otra cosa tus pensamientos) me surgió la necesidad de escribir algo sobre la igualdad así que aquí me pongo.
Antes de nada, perogrullo. El concepto de igualdad es un concepto muy complejo y discutido. Es uno de los conceptos básicos de la ciencia política incluso antes de que existiera como tal. Ya los griegos y romanos discutían sobre la libertad y la igualdad (Cicerón las consideraba dos caras de la misma moneda), pero no pretendo hacer aquí una regresión histórica del concepto. Si, en cambio, os puedo recomendar un libro que hace precisamente eso. El libro se llama “La sociedad de los iguales” de Pierre Rosanvallon y es altamente recomendable en ese aspecto de revisión histórica del concepto, aunque no acabe de rematar con su propuesta alternativa.
Para empezar con la igualdad, decir que el debate es amplio por que cada uno de nosotros habla de cosas diferentes cuando hablamos de igualdad. Esto es así por que la igualdad puede ser de diversas formas en su puesta en práctica (de partida o inicial, de resultados o final) o en los temas que aborda (igualdad legal, igualdad social, igualdad económica, igualdad de trato, igualdad educativa). Para terminar, es muy importante notar que en la mayoría de los temas (salvo quizá la igualdad legal) cuando hablamos de igualdad no hablamos de igualdad en el sentido matemático, igualdad absoluta, equivalencia total… sino mas bien una tendencia, una similitud, una equivalencia, una aspiración. Cuando decimos que queremos igualdad entre hombres y mujeres nadie quiere que tengamos exactamente los mismos trabajos repartidos de la misma exacta manera y que los hombres se queden embarazados: todo eso es irreal y absurdo y esta reducción al absurdo de la igualdad, caricaturizándola como  uniformidad, es algo que se suele utilizar a menudo para desacreditar su búsqueda, arguyendo que promoverla elimina la meritocracia o que, simplemente, es imposible o indeseable alcanzarla.
Luego, es claro que en un concepto normativo como la igualdad, hay preferencias. En mi caso, mi preferencia es hacia la igualdad final, de resultados. Sirve de bien poco dar igualdad ante la ley si, al juzgar, el resultado final beneficia reiteradamente a un colectivo, sea por prejuicios de los jueces, mas recursos económicos y legales, o lo que sea. Lo que me interesa es que haya igualdad real, final, igualdad real y efectiva, no basta con algo inicial, nominal.
Este asunto es fundamental y en el esta la base de mi crítica al concepto de igualdad de “oportunidades”. La igualdad final pretende que, al final, las personas sean mas iguales, tengan similares recursos, los mismos derechos o equivalentes, el mismo poder, en suma. Esto es, al final, lo que creo que resume el valor positivo de la igualdad: pretender que las personas tengan, todas, el mismo poder o, por lo menos poder similar. Como decía Jean Jacques Rousseau, “La verdadera igualdad no reside en el hecho de que la riqueza sea absolutamente la misma para todos, sino que ningún ciudadano sea tan rico como para poder comprar a otro y que no sea tan pobre como para verse forzado a venderse. Esta igualdad, se dice, no puede existir en la práctica. Pero si el abuso es inevitable, ¿quiere eso decir que hemos de renunciar forzosamente a regularlo?”
Es importante entender también qué requiere, por tanto, la igualdad. Si definimos la igualdad, la verdadera igualdad, como un resultado, como algo final, entenderemos que una acción concreta en un momento concreto no puede ser suficiente para alcanzarla. La igualdad real es una tarea constante: a cada momento, las estructuras y dinámicas sociales, el azar, las organizaciones y las personas, actúan para desequilibrar las cosas, actúan para buscar reproducir las desigualdades existentes, crear otras nuevas, infligen enfermedad o infortunio, buscan el poder, la “ventaja competitiva sostenible”, la riqueza… Digamos que en ausencia de una lucha constante contra ella, hay una tendencia hacia la desigualdad, hacia su reproducción y hacia su aumento. El paro, la enfermedad, la pobreza… todo eso son situaciones en las que se puede caer, en cualquier momento, que están más allá del control del individuo. Es por eso que luchar contra la desigualdad no es una tarea que finalice con una acción o garantizando una oportunidad. Es una tarea continua, persistente, insistente, que ha de evaluar la situación y los mecanismos que producen desigualdad, para reducirla y limitarla lo más posible, garantizando derechos, mas que oportunidades. Garantizar la igualdad no solo requiere ofrecer condiciones iniciales objetivamente iguales o, incluso, adaptadas a los individuos, requiere redistribución y requiere derechos. Requiere, como apuntaba Marx, “a cada uno según su necesidad y de cada uno según su posibilidad”, que se de a cada uno lo que necesite y se requiera a cada uno según pueda aportar al común social. Por tanto, la igualdad es una tarea continua.
Teniendo en cuenta todo esto y yendo al corazón de lo que es, para mi, la igualdad, me gustaría definirla, apoyándome en Weber (poder es la probabilidad de que un actor dentro de un sistema social esté en posición de realizar su propio deseo a pesar de las resistencias) y Dahl (A tiene el poder sobre B en cuanto pueda lograr que B haga algo que B no haría de otra manera), como una aspiración a una igualdad final de poder, una igualdad real y efectiva. Aspiración, por que es un deseo, una utopía, un trabajo continuo. Igualdad final, de resultados, por que la igualdad es real y efectiva o no es igualdad. Igualdad de poder, por que el poder resume la economía, la discriminación social, las desigualdades físicas y un largo etc. Igualdad de poder, igualdad de poder hacer lo que quieres hacer, igualdad (o por lo menos no una desigualdad insoportable) entre tu poder y el poder de otros. Vamos, la ya citada frase de Rousseau  lo deja claro: que nadie pueda hacerte esclavo y que tu no puedas hacer esclavo a nadie.
[Es interesante notar que este concepto de igualdad de poder, de capacidad de hacer (similar a como lo define Amartya Sen, que lo define de manera bastante mas restrictiva como “igualdad de capacidad”) puede ser interpretado también desde la libertad (igual libertad de hacer), lo que atestigua la estrecha relación entre los conceptos de igualdad y libertad. Igualdad de poder es igualdad en la libertad de hacer, misma libertad para todos de poder hacer lo que desean, al no estar sometidos al poder de nadie, todos tienen la misma libertad y por tanto igualdad. Eso sí, el problema de priorizar la libertad para llegar a esta igualdad de poder, hacerlo desde la libertad en vez de la igualdad es que, al final, se promueve el poder del individuo y genera lo contrario de lo que busca: genera más libertad para unos pocos, pero menos para la mayoría. Pero no nos desviemos.]
Una vez tenemos claro qué es la igualdad (aspiración a una igualdad final de poder), aclaremos que es la tan traída y llevada “igualdad de oportunidades”. Hay que empezar diciendo que la “igualdad de oportunidades” es un concepto liberal, de derechas. Aunque esto sorprenda a muchos, es cierto: en EEUU, los republicanos defienden que ellos apoyan la igualdad de oportunidades, pero no la “igualdad de resultados”. Hay que entender por qué esto es así: Dentro del concepto de igualdad de oportunidades, cabe la desigualdad de resultados e, incluso, es justificable. Del revés, dentro del concepto de igualdad, entendido como igualdad final de poder, igualdad real y efectiva, la desigualdad de resultados, final, es simplemente indeseable, imposible. Por tanto, la derecha, que es consciente de que la “igualdad de oportunidades” en realidad, no exige la igualdad real, está dispuesta a apoyar y asumir este concepto de igualdad al ser un concepto reducido, castrado, limitado. O dicho de manera más simple, la igualdad de oportunidades (igualdad inicial) es una condición necesaria de la verdadera igualdad, la igualdad real y efectiva, pero no suficiente. No es suficiente con ofrecer las mismas “oportunidades” a la población, en un momento puntual (por ejemplo, en la educación, o en una oposición) y pretender, así, que ya hay igualdad. La igualdad debe ser final, o sea, un trabajo continuo de redistribución, en la búsqueda de más justicia social: al final, en el resultado, debemos tener una sociedad más igualitaria, una sociedad con menores desigualdades.
Pero ¿que es la igualdad de “oportunidades”? En realidad, no está claro y no lo está por que el termino “oportunidades” es un termino bastante ambiguo, inconcreto, abierto a la interpretación oportunista (nunca mejor dicho). La RAE define “oportunidades” como “Sazón, coyuntura, conveniencia de tiempo y de lugar.” Hay también quien intepreta las oportunidades como “posibilidades”. Como vemos, es difícil concretar qué es la “oportunidad”. ¿Es una posibilidad que se ofrece? ¿Es un momento o lugar concreto, que permite algo? No es claro. Entre los partidos políticos, hay por lo menos dos interpretaciónes de las “oportunidades”, una extensiva, que pretende plantear una igualdad de múltiples oportunidades como suficientes y otra interpretación mas restrictiva, que plantea las oportunidades como “coyunturas, como conveniencias de tiempo y de lugar”, como acciones concretas que abren puertas en momentos vitales discretos, concretos, puntuales.
En la primera interpretación, una interpretación extensa de la igualdad de oportunidades, garantizar esa igualdad de oportunidades pretendería garantizar que todos tuviesen las mismas oportunidades para tener vidas similares, por la vía de ofrecer herramientas y recursos, según la necesidad de cada uno. Para ello, se utilizaría principalmente la formación, que lograría que todas y todos pudiesen, en función de su esfuerzo y mérito, (meritocracia), alcanzar la riqueza o mejorar la clase social. Es importante notar que este planteamiento no cuestiona la existencia de la desigualdad final y que, de hecho, aunque parezca contraintuitivo, la legitima: si la desigualdad se produce tras que haya habido igualdad de oportunidades, esa desigualdad esta justificada por la mala cabeza o falta de esfuerzo de aquellos que no aprovecharon sus oportunidades, omitiendo elementos como la mala suerte o en muchos casos, aspectos sociológicos estructurales: en la sociedad actual, quedar en el paro no depende de uno mismo. En cualquier caso, no es una igualdad final, continua, es una igualdad inicial, en momentos concretos, especialmente en la juventud. Incluso la interpretación más extensiva de la igualdad de oportunidades, manejada en los partidos de izquierda socialdemócratas, una igualdad de múltiples oportunidades, una oferta reiterada de “oportunidades” al individuo, está circunscrita normalmente al ámbito educativo. Pero desde este planteamiento (recordemos, el más extenso) de la igualdad de oportunidades, la redistribución o reequilibrio posterior de la desigualdad producida por el no aprovechamiento de las oportunidades o la simple mala suerte, no es una exigencia. Aunque si cabe la intervención para proporcionar mismas oportunidades y esta se hace, normalmente, vía la redistribución (via impuestos), la intervención redistributiva final no esta mandatada dentro del concepto: recordemos que se buscan la mismas oportunidades, no el mismo resultado. La consecuencia de este enfoque es que la izquierda, inadvertidamente, abandona el concepto de redistribución y de igualdad real, en los hechos, en la práctica. Se apuesta por generar condiciones que favorezcan la igualdad, si, pero se renuncia a intervenir contra la desigualdad que ya se ha producido. Es una batalla desigual: mientras que las fuerzas de la desigualdad actuan en todo momento, antes y después, la izquierda socialdemócrata que asume la “igualdad de oportunidades” y por tanto se compromete a intervenir solo al principio y, luego, si hay desigualdad, esta se asume inevitable. Es de este suelo ideológico de donde surgen afirmaciones, ya trágicas, como la de que “bajar los impuestos son de izquierdas”: si la redistribución no es deseable ni prioritaria, si, como apuntan algunos hay que generar las condiciones (igualdad inicial), o “hay que intervenir en el gasto, pero no en la recaudación” (justicia distributiva, no redistributiva), el resultado es que la desigualdad real, la de poder, la efectiva, se reproduce y crece. Podemos decir, sin miedo alguno que la apuesta por la igualdad de oportunidades es una opción estratégica de la derecha que ha funcionado muy bien, pues ha logrado debilitar muchísimo a la izquierda, al no encontrar suelo firme sobre su valor fundamental, la igualdad. Al aceptar una versión rebajada, de la igualdad,  la igualdad de oportunidades, cuestionamos implícitamente los impuestos redistributivos y el objetivo fundamental de la izquierda, la justicia social y la igualdad real.
Y si esta interpretación extensiva esconde aspectos negativos, la interpretación más liberal, más procedimental de la igualdad de oportunidades sirve, principalmente, para legitimar la desigualdad y el mercado. En esta interpretación, las oportunidades son simplemente momentos, coyunturas, conveniencias de tiempo y lugar en un sentido estricto. La igualdad de oportunidades estaría, así, cercana a la igualdad legal: se ofrecen las mismas oportunidades, la misma formación, los mismos exámenes, las mismas pruebas, a toda la población. No hay interés en el reequilibrio, ni siquiera en la justicia distributiva, la igualdad inicial: basta con dar lo mismo a todos los niños, formarles de manera similar y que todos tengan las mismas oportunidades para aprobar e ir a la universidad. Asi interpretado, es un concepto profundamente elitista que no solo legitima la desigualdad final (todos tuvieron las mismas oportunidades), sino que niega la intervención educativa personalizada en la búsqueda de reequilibrar la situación de partida de todos los niños, niega la igualdad inicial. O dicho de otra manera: dentro del concepto de “igualdad de oportunidades” cabe, perfectamente, una interpretación restrictiva de la igualdad, de hecho, directamente contraria a la igualdad real y efectiva, una interpretación que legitima no solo la desigualdad final sino la desigualdad inicial.
No se si habrá otras interpretaciones de la “igualdad de oportunidades” pero creo que estas dos son las más extendidas, la primera entre los partidos socialdemócratas y la segunda entre los partidos liberales (de derechas) y, como vemos, ambas interpretaciones dejan claro varias cosas:
1) Que la igualdad de oportunidades no incluye redistribución posterior y continua.
2) Que la igualdad de oportunidades es (o tiende a ser) discreta, en momentos puntuales, sobre todo al principio.
3) Que la igualdad de oportunidades permite, sin incoherencia, una desigualdad real y efectiva posterior, permanente: no le preocupa la desigualdad final.
4) Que la igualdad de oportunidades, de hecho, legitima la desigualdad posterior de los que no “aprovecharon” sus oportunidades.
O dicho de otra manera, dentro del concepto de “Igualdad de oportunidades” no cabe, no puede estar incluida, la igualdad real y efectiva. En efecto, sin redistribución posterior, sin acción reiterada (y no solo discreta) y legitimando desde las “oportunidades” la desigualdad, no se puede lograr la verdadera igualdad, esa aspiración a una igualdad final de poder. Por tanto, la igualdad de oportunidades, no incluye la igualdad real, pero, del revés, la igualdad si incluye la mayor parte de aspectos de la igualdad de oportunidades. De hecho, se puede afirmar que la igualdad de oportunidades, como también la igualdad legal, son condiciones necesarias, pero no suficientes, para alcanzar una verdadera igualdad. Si las personas no tienen las mismas oportunidades educativas o el mismo trato ante la ley, la igualdad es imposible, pero garantizar estas igualdades no basta.  Además de garantizar igualdad de trato, legal o de oportunidades, se requiere que exista redistribución de la riqueza y el poder, para evitar que la desigualdad se enquiste y crezca. En resumen, la igualdad de oportunidades es un caso particular de la igualdad, necesario, pero no suficiente, para la igualdad real y efectiva.
En conclusión, creo que es evidente la trampa conceptual que gran parte de la izquierda ha asumido, por querer presentar como más vendible la igualdad. Debido a la incapacidad de defender un concepto fuerte de igualdad como por ejemplo esa aspiración a la igualdad final de poder que propongo, la izquierda ha asumido un concepto limitado que, en el fondo legitima la desigualdad. No se puede haber cometido error estratégico mayor. Sin un concepto fuerte como base real de la izquierda, un concepto que incluya distribución y redistribución, la izquierda pierde los impuestos, pierde el estado en favor del mercado y pierde la necesidad de defender la igualdad final, encogida entre la legitimación que las oportunidades ofrecen.
Hay que repensar la igualdad. Comencemos ya.
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7 comentarios to “¿Igualdad de oportunidades o igualdad real?”

  1. Muy de acuerdo en general con tu análisis. Sin embargo, yo defiendo una sociedad en la que la igualdad final o efectiva no sea radical ni absoluta; es necesaria una igualdad relativa, en la que sea posible «fluctuar» para mantener el espíritu de superación que caracteriza al ser humano.

    • Si, la igualdad final no puede ser absoluta. Es una imposibilidad real y objetiva, pero recordemos que una igualdad final de poder, puede alcanzarse con una diversidad de recursos diferentes, económicos, simbólicos, culturales… O dicho de otra forma: un artista respetado culturalmente y un empresario que cobre un buen sueldo pueden ser iguales en poder, en lo que cada uno quiere hacer y por métodos diferentes, recursos diferentes. No se si me explico.

  2. Totalmente de acuerdo. Hay una charla TED muy interesante al respecto que vi hace un tiempo, que se llama «Cómo la desigualdad económica perjudica a las sociedades». Muestra como las sociedades más igualitarias son más funcionales o «felices». Si no la has visto te la recomiendo:
    http://on.ted.com/Wilkinson
    Tiene subtítulos en español, lo que siempre ayuda.

  3. […] igualdad: mas redistribución de la riqueza, mas impuestos a los que más tienen, inversiones para fomentar […]

  4. Cuando se habla de igualdad, me supongo que se quiere decir que todas las personas tienen las mismas posibilidades sea hombre o mujer, y que todos tienen que pasar por el mismo rasero para acceder a un puesto de trabajo. Esto quiere decir que eso de acceder por el sistema cremallera no me parece bien, ya que no se trata de ovejas blancas o negras.

  5. En realidad no pude entender mucho pero si me qedo claro qe todos somos iguales no por que ella sea negra o blanca no voy a convivir con ella

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